¿Cuánto tiempo ha pasado?... ¿Cuánto?... He dormido inmóvil en este lecho oscuro, húmedo y silente durante un tiempo inconmensurable. De pronto algo me despertó. Primero fue como una leve caricia de plumas, luego finos hilos que me llamaban y me atraían. Poco a poco fui saliendo de mi letargo, me dejé llevar por laberintos intrincados y rugosos.
La llamada se hacía cada vez más imperiosa.
Supe al fin que después de la gran recta ascendente vendrían las bifurcaciones arquitectónicas de tantos caminos posibles.
La voz me guiaba y supe cuál elegir. Sentí una tibieza conocida, todo se iba tornando más claro. ¿Sería tal vez el momento de nacer?
Me envolvía un aroma cítrico, el líquido me empujaba y me animé a asomar.
La luz era demasiado fuerte para mis sentidos acostumbrados a tanta oscuridad.
Sentí como me abría lentamente en la palidez y el aroma.
Entonces vi el sol. Lo recordaba así, era el mismo.
Busqué el horizonte pero no estaba o tal vez no alcanzaba a verlo entre tanta fronda.
Cantos de pájaros llegaban mezclados con sonidos tan desconocidos como extraños.
Voces de niños se acercaban y vi sus rostros claros asombrándose al mirarme. Gritaban algo y sus gritos eran un llamado.
Fui comprendiendo sus palabras:
- ¡Vengan a ver!... abrió la primer flor de la magnolia de la abuela….
Llegaron los adultos alegres y se asomaron a mi corola. Entonces tuve miedo, no sé por qué. Tal vez sus pieles claras como mis pétalos me fueron abriendo recuerdos de otros racimos de pieles morenas escapando y gimiendo, con mirada de animales perseguidos. Nos habían quitado todo y ahora venían a buscar nuestra vida.
Estruendosos fusiles nos vomitaban fuego, cascos de caballos obedientes dándonos alcance, olor a sangre fresca emanando de nuestros cuerpos heridos que iban derribando.
Un golpe en la espalda me creó un calor espeso que me paralizó las piernas y los brazos. Después de ese instante abrí los ojos y vi mi cuerpo tirado sobre la tierra. Ella y yo nos íbamos tiñendo de rojo, amalgamándonos en el color.
Flotaba en el aire viendo la matanza sin poder hacer nada. Al fin no quedó ninguno de nosotros en pie.
Luego una voz de soldado gritó:
- ¡El General Roca dio la orden de enterrarlos, es un hombre muy piadoso!
El silencio se apoderó de todo cuando se alejaron.
Fue entonces, ahora lo recuerdo bien, que comenzamos a dormir el sueño de la raza en el vientre mismo de nuestra tierra.
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